Los últimos pasos de una pródiga residencia

Uno de los compositores catalanes con más difusión y repercusión nacional e internacional es el compositor de Sabadell, Benet Casablancas, quien terminaba su residencia como compositor en l’Auditori (figura que a alguien podría extrañar, pero  que es absolutamente normal en cualquier país maduro musicalmente) con un concierto monográfico de bcn216 Ensemble, en la serie “Sampler”.

La residencia durante las dos últimas temporadas ha servido, no sólo para que el compositor disfrute de 20 obras programadas, sino para una intensa actividad interdisciplinar y educativa que ha involucrado a otras instituciones como la Filmoteca de Catalunya y la ESMUC. El concierto de clausura propuso un interesante programa con seis obras de Casablancas que necesitaban de una gran respuesta del grupo bcn216, conjunto con una larga historia en Cataluña dedicada a la música contemporánea. Una hora y media antes del concierto, con mucha acierto y siguiendo esta voluntad de difusión de la nueva música que define a la “Serie Sampler”, Casablancas mantuvo un diálogo abierto al público con el compositor Josep Maria Guix.

El concierto comenzó con Epigramas, de 1990 y continuó con los Siete Haikus para sexteto, un estreno mundial. Interesante esa orden, porque eso nos permitió ver la evolución en la obra del compositor en el curso de un cuarto de siglo. Si podemos hablar de una madurez en los trabajos posteriores de Casablancas, es de carácter formal. Y con esto, podríamos añadir que una vez conquistado su espacio en el lenguaje, su obra evoluciona hacia una atención cualitativa a los detalles de la música. Los irreductibles a la cuantificación, la rigidez y la planificación omniabarcante de los que se abusó tanto durante la segunda mitad del siglo XX, y contra la cual no muchos artistas han reaccionado desde hace décadas. En este sentido, la concisión formal-discursiva de los Siete Haikus no se encuentra en Epigramas, aunque se reconoce la misma mano detrás de las dos obras. La mano de alguien que sin duda ha navegado extensivamente y profundamente a través de la historia de la música como un teórico e intelectual y, en la medida en que se ha dejado interpelar, ha conseguido que aflore su dimensión creativa, algo que no siempre sucede.

Luego, las Seis Glosas sobre textos de Cees Nooteboom, — con un recitado muy cuidadoso de los maravillosos textos del escritor holandés — cerraron la primera parte. Cada uno de ellas flotó en un polvo propio, con una unidad sutilmente enlazada por la palabra poética de  Nooteboom, sin caer en la lectura programática. Sin embargo, en nuestra opinión, la creación más exitosa que nos ofreció el concierto fue Dove of Peace – Homage to Picasso (2010), un exigente Concierto de Cámara para clarinete, encargado por la Royal Liverpool Philharmonic Orchestra y estrenado en la ciudad inglesa. Encontramos una administración prudente de los recursos camerísticos, así como de las texturas que el compositor obtiene con el diálogo de los instrumentos de viento y cuerda, o con el juego entre el conjunto de cámara y el solista. En este sentido, la obra sintetiza una de las características de las partituras del compositor y es la exigencia para el  intérprete de una solvencia técnica que debe ser alentada por una sensibilidad intensa y dúctil, siempre dispuesta a sumergirse en múltiples espacios sonoros. En este apartado, José Luis Estellés fue solista de la más alta calidad, conduciendo con maestría y madurez una interpretación que demandaba algo más que pericia técnica, de la cual el clarinetista de Bétera está más que sobrado. Una dirección austera pero muy precisa y cuidadosa de Francesc Prat, que colaboró — en esta y las demás obras — para que el resultado fuese excelente.

En la obra de Casablancas, la distancia entre el plan y la puesta en práctica abre un agujero por el cual se cuela — y deja al descubierto, para bien y para mal — la expresión y el papel creativo del intérprete, como Estellés entiende a la perfección. Y también el bcn216 respondió en gran medida al desafío. Debemos reconocer el buen trabajo de los vientos en Dove of Peace, así como el del percusionista Miquel Vich tanto al este como en la obra que abrió el concierto, Epigramas. No olvidemos el buen rendimiento, especialmente en los Siete Haikus, de Xavi Castillo (clarinete) y David Albet (flauta), y Marc Galobardes (violonchelo) y Nenad Jovich (bajo), quien con gran fiabilidad en los pasajes  exigentes estaban rozaron el notable alto a lo largo del concierto. La agradable sorpresa de la noche fue Francisco Guzmán, brillante y equilibrado violín primero en Dove of Peace, dejando ver esa sensibilidad a la que nos referíamos y demostrando madurez pese a su juventud. Ninguna sorpresa respecto a Jordi Masó: tenerlo sentado al piano es sinónimo de excelencia.

El concierto se cerró con Dance, Song and Celebration, un homenaje a Xavier Monsalvatge, de quien francamente, a pesar de ser un “referente vital” para el autor — como dice el programa de mano – no encontré mucha influencia.Si bien Casablancas bebe de lenguajes muy diversos, si bien no se olvida nunca del elemento irónico — por cierto, aquello que nos distingue de los otros animales — con una luminosidad que en ciertos momentos puede transmitir sensación de ligereza, la obra de Casablancas rezuma una fuerte densidad intelectual, una profunda meditación e interés por la organización del logos musical, articulado por un carácter expresivo personal y exigente. Elementos todos que difícilmente encontramos en Monsalvatge. Tal vez se nos haya escapado algo. Tal vez necesitamos escuchar más a este último, algo difícil de hacer en nuestra ciudad, ya que parece que se continuará programando con la misma insistencia.

El cierre de una residencia durante dos temporadas en el Auditorio de un compositor consolidado y premiado como Casablancas, quien en la década de 1980 ya hablaba — con toda la razón – de la negligencia de los principales estamentos que conforman la realidad musical barcelonesa, nos deja la sensación de que con él, afortunadamente y dentro de nuestras limitaciones y miserias, esto ya no sucede. Modestamente, sin embargo, creo que este abandono sigue existiendo para muchas otras realidades musicales en nuestro país que se han estado y continúan omitiendo, olvidando, obviando. A veces en detrimento de un puro, simple y escandaloso vacío musical. La temporada próxima será Hèctor Parra quien ocupe su lugar. Una residencia que en este caso, a pesar de los elogios y halagos que ha recibido internacionalmente, confesamos que nos produce a priori algunas dudas. Pero no pongamos la venda antes que la herida. Vamos a celebrar, en todo caso, que su residencia las deshaga y que no nos dé la razón. Y que no se pierda esta costumbre, por la salud de nuestra música.

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Un dels compositors catalans amb més difusió i repercussió nacional i internacional és el sabadellenc Benet Casablancas, que finalitzava la seva residència com a compositor a l’Auditori (figura que encara a algú pot estranyar, però que és absolutament normal a Estats musicalment madurs) amb un concert monogràfic a càrrec del bcn216 Ensemble, dins del cicle “Sampler Sèries”.

La residència durant les darreres dues temporades ha servit no només perquè el compositor gaudeixi de 20 obres programades, sinó per una intensa activitat interdisciplinar i pedagògica que ha involucrat altres institucions com la Filmoteca de Catalunya i l’ESMUC. El concert de cloenda va proposar un interessant programa amb sis obres de Casablancas que van exigir una gran resposta del grup bcn216, conjunt amb una llarga trajectòria a Catalunya dedicada a la música contemporània. Una hora i mitja abans del concert, amb molt d’encert i seguint aquesta voluntat de difusió de la nova música que defineix el “Sampler Sèries”, Casablancas va mantenir un diàleg obert al públic amb el compositor Josep Maria Guix.

El concert s’inicià amb Epigrames, obra de 1990, i continuà amb els Set Haikus per a sextet, una estrena mundial. Interessant aquest ordre, perquè ens va permetre albirar l’evolució en l’obra del compositor al llarg d’un quart de segle. Si podem parlar d’una maduresa en les darreres obres de Casablancas, aquesta és de caràcter formal. I amb això, podriem afegir que una vegada conquerit el seu espai lingüístic, la seva obra evoluciona cap a una atenció als detalls qualitatius de la música. Aquells irreductibles a la quantificació, la rigidesa i la planificació omniabarcant de què es va abusar tant durant la segona meitat del XX, i contra la qual no gaires creadors han reaccionat des de fa dècades. En aquest sentit, la concisió discursivo-formal que aconsegueix amb els Set Haikus no la trobem a Epigrames, tot i reconèixer la mateixa mà darrere de les dues. La mà d’algú que sense cap mena de dubte ha navegat intensament i profundament per la història de la música com a teòric i intel·lectual, i en la mesura que s’hi ha deixat interpel·lar, ha aconseguit que nodreixi la seva dimensió creativa, cosa que no sempre succeeix.

Tot seguit, les Sis Glosses sobre textos de Cees Nooteboom —amb un recitat molt acurat dels textos meravellosos de l’escriptor holandès— tancaven la primera part. Cadascuna d’elles bategava amb un pols propi, com una unitat subtilment enllaçada per la paraula poètica de Nooteboom, sense caure en la lectura programàtica. Tanmateix, al nostre parer la creació més aconseguida que ens va oferir el concert va ser Dove of Peace. Homage to Picasso (2010), un exigent concert de cambra per a clarinet, encàrrec de la Royal Liverpool Philharmonic Orchestra i estrenada a la ciutat anglesa. Hi trobem una sàvia administració dels recursos cambrístics, així com de les textures que el compositor obté en el diàleg dels instruments de corda i de vent, o en el joc entre el conjunt de cambra i el solista. En aquest sentit, l’obra sintetitza una de les característiques de les partitures del compositor, i és l’exigència cap a l’intèrpret d’una solvència tècnica que ha d’estar esperonada per una intensa i dúctil sensibilitat, sempre disposada a capbussar-se en espais sonors múltiples. En aquest apartat, José Luis Estellés va ser un solista d’altíssima qualitat, conduint amb mestria i maduresa una interpretació que demanava més que perícia tècnica, de la qual el clarinetista de Bètera està més que sobrat. Una direcció austera però molt precisa i curosa de Francesc Prat, que va col·laborar —en aquesta i en la resta d’obres— perquè el resultat sigués excel·lent.

En l’obra de Casablancas, la distància entre pla i realització obre una esquerda per on s’escola —i deixa al descobert, per bé i per mal— l’expressió i el paper creatiu de l’intèrpret, com Estelles entèn a la perfecció. I també el bcn216 va respondre en gran mesura al repte. Cal reconèixer la bona feina dels vents a Dove of Peace, així com del percussionista Miquel Vich tant a aquesta com a l’obra que obria el concert, Epigrames. No ens oblidem del bon rendiment, especialment als Set Haikus, de Xavi Castillo (clarinet) i David Albet (flauta), i de Marc Galobardes (violoncel) i Nenad Jovich (contrabaix), que amb gran solvència als passatges exigents van ratllar el notable alt durant tot el concert. La sorpresa agradable de la nit va ser Francesc Guzman, brillant i equilibrat violí primer a Dove of peace, deixant brollar aquella sensibilitat a la qual fèiem referència, demostrant maduresa tot i la seva joventut. Cap sorpresa respecte a Jordi Masó: tenir-lo assegut al piano és sinònim d’excel·lència.

El concert va tancar amb Dance, Song and Celebration, obra homenatge a Xavier Monsalvatge, de qui francament, tot i ser un “referent fonamental” per l’autor —tal com deia el programa de mà— no trobem gaire influència. Si bé Casablancas beu de llenguatges molt diversos, si be no oblida mai l’element irònic —per cert, allò que ens distingeix de la resta d’animals— amb una lluminositat que en certs moments pot fer sensació de lleugeresa, l’obra de Casablancas traspua una forta densitat intel·lectual, una profunda meditació i interés per l’organicitat formal del logos musical, articulat per un caràcter expressiu personal i exigent. Tots ells elements que difícilment trobem en Monsalvatge. Potser se’ns ha escapat alguna cosa. Potser ens falta escoltar més a aquest últim, cosa difícil de no fer a la nostra ciutat, ja que sembla que es continuarà programant amb la mateixa insistència.

La cloenda d’una residència de dues temporades a l’Auditori d’un compositor consolidat i premiat com Casablancas, que als anys vuitanta ja parlava —amb tota la raó— de la negligència dels principals estaments que conformen la realitat musical barcelonesa, ens deixa la sensació que amb ell, afortunadament i dintre de les nostres limitacions i misèries, això ja no succeeix. Modestament, però, creiem que aquesta negligència continua existint vers moltes altres realitats musicals a casa nostra que s’han estat i es continuen ometent, oblidant, obviant. De vegades en detriment d’altres que no mereixen tanta atenció. De vegades, en detriment d’un pur, simple i escandalós buit musical. La temporada vinent serà Hèctor Parra qui ocupi el seu lloc. Una residència que en aquest cas i, tot i els reconeixements i adulacions que ha rebut internacionalment, confessem que ens produeix a priori alguns dubtes. Però no ens posarem la bena abans de la ferida. Celebrarem, en tot cas, que la seva residència els desfaci i que no ens doni la raó. I que aquest costum, per la salut de la nostra música, no es perdi.