A propósito del programa de cine clásico con la OCG

Walton, Bliss, Revueltas y Rosza. Cuatro grandes compositores de la música sinfónica de concierto de la primera mitad del siglo XX acercan su talento a la emoción latente en el primer cine clásico.

Este programa, cuyas obras quedan situadas entre 1935 y 1942, puede ser vivido como un relato tejido por diversos hilos conductores: las temáticas, los productores, los conseguidores de talentos, la amistad con algunos actores, la necesidad en tiempos de carestía… y sobre todo la capacidad musical y narrativa de estos cuatro compositores para aportar a las escenas un inigualable soporte musical, desde su propia personalidad y síntesis de las lógicas influencias del lenguaje de otros grandes compositores de la época.

William Walton accedió a escribir su primera banda sonora para la película Escape me never de Paul Czinner, en 1935.  Posteriormente escribió muchas otras, casi siempre relacionadas con Lawrence Olivier y con títulos de Shakespeare, o también con Muir Mathieson, especialista en reclutar a grandes músicos para las productoras de la época. Escape me never es un drama romántico que tuvo una nominación al Oscar.  En esta suite de concierto se puede apreciar un primer movimiento (Preludio e Idilio veneciano) de carácter muy romántico y dos partes diferenciadas: el tema principal y leit-motiv de la película junto a un vals lento que nos evoca a la ciudad de los canales. El segundo movimiento nos traslada a los Dolomitas con su ambientación alpina a través de los jodeln en los vientos y del sutil sonido de los cencerros sobre suaves arpegiados y trémolos en las cuerdas. La suite finaliza con el movimiento llamado Ballet en el que su enérgico y dramático tema con un ritmo combinado similar al huapango alterna con el motivo principal de la película.

El mismo papel histórico y regenerador en el apartado de bandas sonoras que en 1933 desempeñaron la película King Kong y Steiner en Hollywood, lo iba tener en Reino Unido y Europa Arthur Bliss y su Things to Come. El nexo común es el productor Alexander Korda, que en 1936 se embarcó en una superproducción con guión de H.G. Wells en la que se profetizaba sobre el futuro de nuestro mundo a lo largo de más de una centuria (la acción abarca hasta el año 2040).  Fue el ya mencionado Mathieson el que consiguió enrolar a Bliss, músico británico que gozaba ya de gran prestigio, en el proyecto. La música se adaptó al guión y fue incluso retocada durante el rodaje para que resultara parte absolutamente ensamblada con la imagen. El resultado se ha convertido en una partitura de referencia en aquellos años, que se combina admirablemente con los sonidos diegéticos (propios de la narración) y devuelve al compositor a una categoría, reconocida con la aparición de su nombre en los créditos iniciales. Conocidas películas de ciencia-ficción contemporáneas han empleado a menudo recursos que intuyó brillantemente Bliss. Centrándonos en la música de esta suite, en el número Ballet for Children presenta alegres melodías que acompañan escenas de niños jugando durante la navidad, puntuadas ocasionalmente por siniestros acordes que escenifican el contraste entre la vida cotidiana y los desastres que se avecinan. Trompetas y tambores de juguete no faltan en esta irónica visión de la paz. En Attack el enemigo ataca desde el aire sin previo aviso y toda la sociedad se moviliza a una. Siguiendo con el maridaje entre música y acción, en Pestilence el compositor describe magistralmente como las epidemias se apoderan de la humanidad tras la guerra, mientras Reconstruction inspira el nacimiento de una nueva esperanza. Machines narra cómo unas poderosas máquinas construyen el nuevo mundo y March cierra esta suite de concierto de una película profética en lo argumental y en lo musical.

Damos un salto desde la música cinematográfica anglosajona hasta la producción mexicana de Chano Orueta. Si bien ha sido dicho que la película no gozó de gran popularidad, la música del  vanguardista compositor Silvestre Revueltas sí ha tenido presencia en las temporadas de concierto de las orquestas sinfónicas, sobre todo no por sus obras más innovadoras sino por aquellas en las que muestra las danzas y rituales primitivos, entre las que destacamos Sensemayá (1937) y la música que compuso para el filme La noche de los mayas (1939). En esta ocasión no se interpreta la popular suite compilada y edulcorada por José Yves Limantour para gran orgánico orquestal, sino la versión atribuida a Paul Hindemith para orquesta de cámara, en la que se resumen los momentos más característicos de la partitura original, como el scherzo de la Noche de Jaranas.

The Jungle Book, posteriormente popularizada por Walt Disney, responde en sus inicios a la historia de Ruyard Kipling llevada al cine por Zoltan Korda (y producida por su hermano Alexander) en 1942. A primera vista es un relato de un extraviado en la selva y de los peligros que le acechan, pero en realidad puede verse como un conjunto de fábulas que usa cada uno de los personajes y animales  de manera antropomórfica con una educación moral como objetivo. En la presentación de todos estos personajes y en el apoyo de la acción es en lo que acierta el celebérrimo compositor de bandas sonoras Miklos Rosza, sin esconder sus raíces húngaras tan ligadas a Kodaly y Bartók, pero consiguiendo una caracterización paradigmática de cada elemento y un ambiente sonoro que nos sitúa irremediablemente en la selva de la India. Con esta banda sonora -y con muchas otras- fue candidato al Óscar a la mejor música de film dramático, que sí consiguió con sus trabajos Spellbound, Doble vida y Ben-Hur.

© JOSÉ LUIS ESTELLÉS 2014